La amenaza de crisis energética devuelve los fantasmas del pésimo balance para los inversores de 2022, con la gran diferencia de que los tipos de interés no están al cero

El estallido de la guerra en Irán ha devuelto a los inversores una sensación que muchos creían haber dejado atrás, allá en el turbulento 2022: la caída simultánea de los grandes pilares de las carteras tradicionales, las acciones y los bonos. Es la sensación de no encontrar abrigo en ninguna parte. Lo más desconcertante no es tanto la intensidad del ajuste —que podría calificarse como moderada— sino su simultaneidad. Durante décadas, el precio de la Bolsa y los bonos han ido en direcciones opuestas. Cuando había un crac bursátil, la deuda pública se revalorizaba y servía como refugio. Pero esa descorrelación ya no es tan obvia. Y ante el nuevo escenario que se abre con la guerra en Oriente Próximo no está claro dónde poner a salvo el dinero. Ya ni siquiera se puede contar con el oro.

Las cifras hablan por sí solas. En lo que va de mes, el índice de bonos globales de Bloomberg —que sintetiza la evolución del precio de más de 30.000 referencias de deuda pública y privada de todo el mundo— ha perdido 3%. Sin ser una barbaridad, supone un varapalo para los inversores más conservadores, aquellos que buscan proteger su dinero invirtiendo, por ejemplo, en deuda soberana. Al mismo tiempo, en marzo ha caído la Bolsa mundial —medida a través del indicador MSCI All World— un 7%. Y el oro, que siempre había sido un valor refugio, se ha desplomado un 15%.