El caso de la joven insta a abreviar los tortuosos procedimientos legales de la eutanasia
Después de Noelia, algunos dilemas difíciles quedan iluminados. También el ejercicio de la condición de padres. Sabíamos que perder a una hija, a un hijo, es lo peor que le puede suceder a una persona. Adivinábamos que iba contra la ley de la vida, esa pretendida secuencia natural de las cosas: que los progenitores se van primero. Cuando en realidad no existe tal ley, sino probabilidad estadística....
Pero causa dolor. Aunque, ¿acaso no es más punzante el de quien no encuentra oído, ni complicidad ni asistencia cuando experimenta su vida como una no vida, una muerte que se arrastra? Noelia tenía razón, no quienes se la negaban. Tanta, que la ha honrado con su propia vida. Tanto, que la explicó a todos. Una vez, por muchas en contra de quienes opinaban no desde ella, sino desde ellos. Reconocimiento, también, a quienes posibilitaron ese testimonio. Respeto a quien eligió libremente su libertad.
A veces, nos tienta identificarnos en los hijos, incluso de forma abusiva, y abrasiva. Carentes o sobrados de sentido de trascendencia buscamos así —egotistas— prolongarnos en ellos, como extremidades sucedáneas. Síndrome perverso, pues conduce a que nuestro interés prevalezca sobre su derecho.















