El patinador norteamericano que naufragó en los Juegos bate su récord de programa corto en los Mundiales de Praga

Más vale para la poesía, para la vida, para el deporte, un ángel caído, diabólico, que un millón revoloteando, angelicales sus alas blancas: el erotismo del perdedor, del humano que peca, aunque regrese a la divinidad, de Ilia Malinin, que se corta la melena de fuego para patinar celestialmente, ardiente en una nube de exaltación durante dos minutos y medio, volar un cuádruple flip, un triple Axel, un cuádruple Lutz c...

ombinado con un triple toeloop, un mortal y una frambuesa, en estado de gracia. El dios del quad alcanzó 111,29 puntos en el programa corto, nuevo récord personal, casi 10 puntos más que el segundo, el divertido místico francés Adam Siao Him Fa, quien, como él busca la redención en el Mundial de Praga tras la depresión inesperada de los Juegos de Milán-Cortina hace unas semanas. “Batir récords forma parte de mi objetivo, seguir superando mis límites”, sonrió. “Pero, al fin y al cabo, creo que patino mejor si me digo a mí mismo que la temporada terminará en dos días”.

Malinin no era invencible, descubrió al mismo tiempos la amargura de la derrota y la dulzura de la compasión. Su popularidad se multiplicó, y la simpatía. La imagen arrogante de quien parecía inmune al error, condenado a la perfección siempre, la derribó una campaña de ciberacoso que le hicieron perder un temple que creía indestructible. Terminó octavo una final a la que llegó primero tras el programa corto. Comenzó a recuperarse nada más caerse. Felicitó cariñosamente al ganador de la medalla de oro, su amigo kazajo Mijaíl Shaidorov, un gesto que le valió el trofeo al fair play; habló con Simon Biles, la gimnasta que cayó en los Juegos Olímpicos de Tokio y regresó del infierno, y le guio en su rehabilitación. Como Biles, que se reconoció en él, en su trauma, Malinin, de 21 años, estadounidense de las afueras de Washington DC, hizo discursos públicos de salud mental y pronunció la frase más necesaria.