Las lesiones inflamatorias, el picor y otros síntomas que caracterizan estas enfermedades pueden provocar ansiedad, alteración del sueño y afectación a la autoestima. Un abordaje precoz y el apoyo psicológico mejoran visiblemente la vida de quienes las sufren

Una charla con cualquier persona con dermatitis atópica o psoriasis conduce casi siempre a la misma conclusión en los especialistas en dermatología: sus síntomas se perciben en la piel, pero su impacto es mucho más profundo. Dejan huella en la autoestima, generan ansiedad, alteran el sueño, están vinculadas a la enfermedad mental más prevalente -la depresión- y condicionan todos los ámbitos de la vida de las personas que las sufren, desde el laboral al afectivo.

Ambas patologías se encuadran dentro de las enfermedades inmunomediadas, un grupo de alrededor de 80 trastornos que se manifiestan en diferentes partes del cuerpo, como la piel, el sistema nervioso o el digestivo, y en los que el sistema inmunitario ataca erróneamente al propio organismo dando lugar a procesos inflamatorios. Son enfermedades crónicas y su pronóstico y evolución dependen, en buena medida, de una intervención temprana y eficaz.

Anna López Ferrer, dermatóloga del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona y profesora asociada de la Universidad Autónoma de Barcelona, es especialista en psoriasis y apunta: “Un abordaje precoz favorece que el paciente tenga menos brotes a lo largo de la vida, menos complicaciones físicas derivadas de la enfermedad, como la artritis psoriásica, y menos secuelas psicológicas”. Los especialistas apuntan a que, de momento, no hay curación a la vista ni para la psoriasis ni para la dermatitis atópica, pero sí son trastornos que pueden abordarse cada vez mejor. Además, en la medida en la que se controlan los brotes inflamatorios y las enfermedades asociadas, puede minimizarse su efecto en la calidad de vida de los pacientes.