Los ataques contra dos plantas desalinizadoras, una en Irán y otra en Baréin, exponen la vulnerabilidad de esta desértica región

Desde el comienzo, hace tres semanas, de la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán y de las acciones de represalia de la República Islámica en la región, ha habido dos ocasiones en las que el blanco aparente de los ataques ha sido un objetivo casi tabú: la infraestructura hídrica del adversario. Las instalaciones de agua potable. A diferencia de otros golpes dolorosos contra intereses

de-ormuz-mas-alla-de-petroleo-y-gas.html" data-link-track-dtm="">militares, económicos y energéticos, en estos casos las arremetidas han estado envueltas en un cierto misterio, sin reivindicaciones públicas ni réplicas dilatadas, sino lanzadas como advertencias veladas de alto riesgo.

La primera ocurrió el 7 de marzo. El ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, acusó a Estados Unidos de atacar una planta desalinizadora en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, y de afectar con ello al suministro de agua a 30 municipios. Aunque el ejército estadounidense lo negó, el jefe de la diplomacia iraní advirtió en redes sociales: “Estados Unidos sentó el precedente, no Irán”. Al día siguiente, el Ministerio del Interior de Baréin declaró que un dron iraní había provocado “daños materiales” en una planta desalinizadora del país.