Cuando comienzas un turno, entras en un paréntesis en tu vida. El resto del mundo continúa, pero tú quedas atrapada en otro lugar
En un servicio de urgencias, las luces blancas del pasillo nunca se apagan y el ruido no cesa. Pierdes la noción del tiempo si no tienes cerca una ventana para saber en qué momento del día te encuentras. El reloj parece funcionar a un ritmo diferente al resto; a veces se acelera cuando necesitas unos minutos más para prolongar una reanimación y otras se enlentece cuando ya solo deseas que tu guardia llegue a su fin. Cuando comienzas
ias-de-24-horas-el-debate-que-enfrenta-a-sanidad-y-a-los-sindicatos-medicos.html" data-link-track-dtm="">una guardia de 24 horas, sabes que entras en un paréntesis en tu vida, donde el resto del mundo continúa, pero tú quedas atrapado en otro con vida propia: el del timbre que avisa de que llega un paciente grave, el de los monitores cardíacos que no cesan de sonar y cuyo sonido interiorizas tanto que sigues oyéndolo aun cuando estás en tu casa; y es también el de las decisiones que no admiten demora.
Y mientras tanto, la vida sigue.
Y en algún lugar, tu hijo pregunta por qué no estás para leer un cuento antes de dormir o para arroparle y darle esos mimos que añora. Tu pareja sopla sola las velas de un cumpleaños improvisado mientras —en mi caso— te preparas para tu guardia del día siguiente, porque has priorizado perderte su cumpleaños al evento de fin de curso de tu hijo. Una comida familiar transcurre con tu silla vacía. Y tú, con el estetoscopio colgado al cuello, intentas no pensar en ello mientras sostienes la mano o incluso la vida de un desconocido que atraviesa su peor noche, o tal vez informas a una familia de un mal pronóstico.






