La procrastinación encierra complejas motivaciones. He aquí algunas, y algunos consejos para el “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”

Lo confieso: antes de escribir la primera frase de este artículo, he revisado los mensajes electrónicos tres veces, he consultado otras tantas el pronóstico del tiempo, he leído las noticias… He procrastinado, como se dice técnicamente cuando no paramos de aplazar algo. Como consuelo, sé que no soy la única. Todos podemos procrastinar actividades puntuales que, aunque podamos disfrutarlas, también requieren cierto esfuerzo, como hacer deporte, mantener una conversación difícil, terminar un informe complicado o, sencillamente, ordenar un armario siempre olvidado. Solo el 20% de los adultos presenta este comportamiento de forma sistemática ante cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, ...

según el psicólogo Joseph Ferrari, una de las mayores autoridades en la materia. Lo verdaderamente creativo son las excusas con las que justificamos la decisión: mañana tendré más ganas, todavía no sé lo suficiente para ponerme con ello y funciono mejor bajo presión, entre otras. Sin embargo, la procrastinación esconde mucho más de lo que aparenta.

El término proviene del verbo latino procrastinare (de pro y crastinus), que se utilizaba en la Roma clásica cuando se aplazaban deliberadamente decisiones políticas o jurídicas al día siguiente. Sin embargo, desde el siglo XVI hasta bien entrada la década de 1970, se empleó sobre todo como una crítica moral a conductas que se atribuían a la desgana o a una mala planificación. Solo desde hace medio siglo se ha empezado a entender que la procrastinación no habla de pereza, sino de nuestra relación con el malestar y con el tiempo.