Corrida muy blanda de Domingo Hernández y polémica final con el palco presidencial

Un mano a mano en el toreo es sinónimo de rivalidad y competencia. Si no es así, no tiene sentido. El mano a mano entre Borja Jiménez y Tomás Rufo fue de guante blanco. Hubo quites en los cuatro primeros toros, pero sin réplicas. Ninguno salió a comerse al otro, y cada uno fue a lo suy...

o. Y paz en el ruedo a los toreros de buena voluntad. La tarde, no obstante, acabó con polémica y casi escándalo porque la señora presidenta del festejo se negó a conceder sendas orejas a Tomás Rufo en sus dos primeras bazas. ¿Hubo petición mayoritaria o petición escandalosa a base de griterío? He ahí la cuestión. Con la polémica servida, el debate también está sobre la mesa.

El primer toro de la tarde, hondo y bien armado, anduvo muy justito de fuerzas toda la lidia. Con clara vocación de embestir, no planteó problemas. Borja Jiménez le recetó tandas a granel y ninguna rematada. Pases sueltos, sin brillantez. Además el toro, siempre con un ojo mirando las tablas, con deseos de marcharse. Ahí estuvo la gran virtud del torero, no dejar que el toro se saliera con la suya.

A la puerta de toriles se fue a recibir al tercero. Aguantó la salida del toro y la larga le salió perfecta. Luego vinieron dos largas más en el tercio, un racimo de chicuelinas, una media y la revolera final. Toda una faena con el capote. Ya con la muleta, el cambiado por la espalda también resultó luminoso, pero a partir de ahí, con un toro mantenido con alfileres, la faena fue de una insistencia total, pero sin sacar mucho partido de tan larga labor. Responsable Borja Jiménez, sin verdadera llegada. Otro toro al límite de sus fuerzas fue el quinto, bajo mínimos también, que no podía con su alma. La faena, o intento de ella, transcurrió plana. Intentos vanos. Y a otra cosa.