En medio de la ofensiva de Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo, no se debe olvidar la relevancia del concepto del sacrificio en el islam chií
El 26 de mayo del año 661, noche 19 del mes del ayuno sagrado o Ramadán según el calendario islámico, Abdul Rahman Bin Mulyam, un rebelde jariyí, trocó para siempre la historia del islam. Iniciado el rezo del Fayr, la primera de las cinco oraciones diarias, sacó de su cintura una daga y la clavó sobre la espalda de Ali Bin Talib, cuarto y último c...
alifa de todos los musulmanes, primo del profeta Mahoma y esposo de su hija más querida, Fatimah Bint al Zahra. La sangre tiñó de carmesí las vívidas alfombras de lana de la gran mezquita de Kufa, en el sur de lo que hoy es Irak, y la religión fundada por Mahoma se dividió en dos brazos irreconciliables: los suníes, mayoritarios en la actualidad, y los chiíes ―o seguidores de Ali― asentados principalmente en la antigua Persia y que consideran su estirpe la legítima heredera del enviado de Dios.
Los chiíes veneran a Ali ―nombre que significa “sublime”― como el primer mártir del islam, un ejemplo de virtudes a emular por su religiosidad, pero también por su sabiduría en las letras y su arrojo en el campo de batalla. El único y primigenio shahid (mártir, en árabe) dispuesto a entregar su vida en defensa de su fe y la de sus hermanos. Sin preguntas, sin anhelo de recompensa ―Ali ya tenía espacio en el paraíso como primer converso al islam―. Solo por compromiso y por sentimiento de pertenencia a Alá.







