El fundador de Palantir ha puesto su ideología y su negocio multimillonario al servicio de la destrucción de la democracia que construyó el multilateralismo

Hoy, uno de los tecnooligarcas norteamericanos más influyentes y uno de los hombres más ricos del mundo asistirá a una misa en latín en la basílica de San Juan de los Florentinos. Al tratarse de este personaje y sus ideas, el caso lo dominan tanto la controversia como el secretismo; hay a partes iguales fascinación e inquietud. Lo que se sabe con certeza es que Peter Thiel está en la Ciudad Eterna para impartir un nuevo curso sobre el Ant...

icristo, una de sus obsesiones y cuya mejor encarnación sería una figura como Greta Thunberg. Si a las siete de la tarde pasean por la Via Giulia en Roma tal vez puedan contemplar a Thiel, como quien ve a un teólogo poseído por el Maligno, aunque es improbable que luego les dejen acceder a la iglesia, porque con él la clave siempre es el enigma que oculta la lógica final de sus razonamientos apocalípticos.

Este inversor, que apostó por Facebook y PayPal, y se forró, es uno de los fundadores de Palantir, ahora socio tecnológico fundamental del Pentágono: el pasado verano, el ejército y esta empresa firmaron un contrato de 10.000 millones de dólares para que la compañía analice millones de datos a través de la inteligencia artificial y así tomar decisiones estratégicas (también en la guerra desencadenada en Irán). Entre otros productos diseñados para la acción de la Administración de Trump, Palantir creó un programa que utilizan los paramilitares del ICE: rastrea la información de los inmigrantes sin permiso de estancia para que sea más fácil localizarlos, detenerlos y deportarlos. Antes de las últimas elecciones estadounidenses, Thiel afirmó que se iría del país si no ganaba Trump. Tal vez, más relevante sea que su principal pupilo político ―otro católico que parece poseído― es hoy el vicepresidente de Estados Unidos. Son negocios y es filosofía.