Fue una de las modelos más cotizadas de los noventa, musa de diseñadores como Alaïa y Versace. Se bajó de las pasarelas tras casarse con el artista Julian Schnabel, pero nunca dejó la moda. Isabelle Huppert y Elton John han llevado sus creaciones. “Mis clientes se sienten elegantes cuando se van a la cama”, dice

La belleza arrebatadora resalta a las personas, pero también puede opacarlas. Para Olatz Schnabel, su belleza nunca fue un problema. “Al revés, lucir bien me ha abierto muchas puertas”, reconoce en conversación con EL PAÍS. “Conozco a mujeres increíblemente guapas que son muy inseguras. De alguna manera, no son capaces de verse bellas. A mí me pasó. De muy joven, no me acababa de ver guapa. Ahora, cuando veo una foto mía de esa época, pienso: ‘Pero si era la bomba. ¿Cómo no me daba cuenta?”, explica sentada en el salón de su casa, un gran ático con vistas al Palacio Real en Madrid. Mientras habla, su perro, Tuno, le lame vorazmente sus zapatos aterciopelados de Manolo Blahnik.

Schnabel, cuyo apellido de soltera es López Garmendia, no exagera cuando afirma que era “la bomba”. A comienzos de los ochenta, con 16 o 17 años y cierto parecido a la actriz italiana Ornella Muti, hizo sus primeros trabajos como modelo en San Sebastián, ciudad en la que nació en un año que no quiere revelar. A su padre, un respetado ingeniero químico que se codeaba con Jorge de Oteiza, Eduardo Chillida y otros artistas e intelectuales donostiarras, no le hacía mucha gracia ver a su hija en vallas publicitarias promocionando el licor Bénédictine o una gabardina de lujo. “Estaba horrorizado”, recuerda. “Pero luego, con el tiempo, vio que era una cosa buena para mí, que me iba bien, que era independiente económicamente y en todos los sentidos. Al final, se le quitaron los prejuicios”.