En un año con filmes de gran calado social, los premios se refuerzan por la guerra con Irán. Falta por ver si el guion y los premiados serán o no críticos con la situación política

Los Ángeles está lejos de todo; a veces, incluso, de su propio país. A California, mucho más progresista que el resto de Estados Unidos, la guerra contra Irán parece serle muy ajena. Por las calles de Hollywood, cortadas desde hace días, el comentario más cercano se refiere al precio de la gasolina, que se ha duplicado en una semana (“¿Ocho dólares el galón?“, se escucha). Poco más. Por eso, e...

n vísperas de la ceremonia de los Oscar, que se celebra este domingo bajo los focos de todo el mundo, se respira en el ambiente una gran pregunta: ¿se atreverá Hollywood a alzar la voz ante la compleja situación política que atraviesa el país, aunque sea entre chascarrillos y lentejuelas, o dejará que el show se desarrolle sin despeinarse?

Todo está por escribirse. El resultado puede ser blanco o negro, pero también tener una amplia escala de grises. Resulta llamativo en un año en el que las dos películas favoritas (Los pecadores, con 16 nominaciones, todo un récord, y Una batalla tras otra, con 13) son especialmente críticas y abordan algunos de los grandes temas que dividen hoy a la sociedad estadounidense; la primera, entre música y vampiros, poniendo de relieve la identidad negra, su capacidad de contar historias y de ser epicentro de la cultura y la narrativa; la segunda, donde una guerrilla izquierdista trata de desactivar persecuciones contra migrantes —poco más en boga hoy en el país—, una sátira en la que también están presentes el humor, la raza, el idealismo y el dolor. Sería raro que ningún ganador, ni de la una de la otra (o de otras tantas: queda mucho aún por decidirse en estos Oscar, quizá más inciertos que nunca), hablara sobre la cuestión política, ya sea la guerra de Irán, las expulsiones de migrantes por parte del ICE o la, siempre complicada de tratar en Hollywood, la guerra de Israel en Palestina.