Vox aspira a subir un peldaño más y superar el 20% tras una campaña de fuerte choque con el PP. El PSOE busca un alivio tras las dos últimas debacles
Miles de chavales castellanos y leoneses andan ufanos estos días presumiendo de sus selfis con Santiago Abascal. Como antes en Aragón, y antes aún en Extremadura, el líder de Vox se ha dado un atracón de pueblos en la región más extensa de España. Lo ha hecho con aires de celebrity,
">aclamado en calles y plazas de las nueve provincias de la comunidad autónoma. Las encuestas y el pulso de la calle transmiten las mismas señales: la extrema derecha acude a las elecciones autonómicas de este domingo en Castilla y León con el viento a favor para coronar su tercer éxito en tres meses. Y esta vez, puede que con más apoyo aún.
Donald Trump se vanagloriaba de que podría liarse a tiros con los transeúntes en la Quinta Avenida de Nueva York y ni así perdería un voto. Su aliado político español podría decir algo semejante y costaría trabajo contradecirlo. Vox vive en una especie de purga interna permanente, la última contra Javier Ortega Smith, cofundador del partido y antigua mano derecha de Abascal, quien ha acusado a sus dirigentes de actuar por oscuros intereses económicos. Los ultras se alinean con Trump en una guerra contra Irán extraordinariamente impopular y con serias consecuencias para el coste de la vida de los ciudadanos. En Extremadura y Aragón, Vox bloquea la formación de nuevos gobiernos por un apenas disimulado interés electoralista. Su programa autonómico es un corte y pega idéntico con independencia del territorio. Cualquiera de esas cosas seguramente pasaría factura a cualquier otro partido. A Vox, salvo monumental sorpresa este domingo en las urnas, no parecen haberle infligido ni un rasguño.








