Los Estatutos de la formación ultra impiden en la práctica el congreso extraordinario que propone Espinosa de los Monteros

Las elecciones de este domingo en Castilla y León tendrán una lectura interna en el espacio de la ultraderecha: servirán de plebiscito sobre el liderazgo de Santiago Abascal. Y no solo porque, como en Extremadura y Aragón, el presidente de Vox haya sido el protagonista indiscutible de su campaña electoral, relegando a un segundo plano al candidato, sino también porque la campaña ha estado marcada por la purga de algunas de las figuras más conocidas del partido, como el todavía portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, Javier Ortega Smith,...

o su exlíder en Murcia, José Ángel Antelo.

Fuentes de Vox creen que, si se confirma el pronóstico que le dan las encuestas –en torno al 20% de los votos, con un fuerte ascenso en escaños, frente al declive del PSOE y el estancamiento del PP— la figura de Abascal saldrá reforzada. Vox funciona como una empresa, piramidal y centralizada, y el resultado electoral, como la cuenta de resultados, dictará un veredicto inapelable sobre el acierto o desacierto de su estrategia. Las mismas fuentes aventuran que las críticas quedarán desmentidas por los datos y desautorizadas frente a un líder que puede exhibir en su balance de gestión dirigir el partido que más crece en las tres últimas citas con las urnas. Poco importa que Vox esté aún lejos de obtener los resultados de sus formaciones homólogas en Francia, Italia o Alemania; o que el portugués Chega!, que entró en las instituciones años después que la formación de Abascal, ya sea la segunda fuerza de su país. Ni siquiera en julio de 2023, cuando perdió más de un tercio de sus diputados, Vox hizo autocrítica pública.