La guerra de Irán desnuda la alta dependencia global del crudo y del gas, sectores que ahora lidera Estados Unidos y que son clave también en la estrategia de Trump sobre Venezuela y Cuba. Europa sigue subordinada a energías importadas
El petróleo, puro oro de color negro, manda sobre la paz y sobre las armas, sobre la vida y sobre la muerte, desde al menos la Primera Guerra Mundial. Los países aliados “flotaron hacia la victoria sobre una ola de crudo”, en palabras de Lord George Curzon, notable miembro del Gobierno británico de aquel tiempo. De no ser por las grandes flotas de cam...
iones de motor, la histórica contienda se hubiera perdido. En diciembre de 1916 la situación del mercado era crítica, pero, para cuando se firmó el armisticio, las reservas habían llegado a un punto de total seguridad.
Un joven Winston Churchill había tenido que tomar una decisión trascendental años antes: convertir la Armada Real Británica a esa nueva fuente de energía o mantenerla apoyada en el carbón, materia prima que sobraba en el país. El crudo permitía barcos más rápidos y eficientes para enfrentarse a Alemania en el mar, pero cambiaba una materia prima segura por otra procedente de la lejana Persia, hoy llamada Irán. Optó por el riesgo, venció, pero años después recordaría el dilema como el soliloquio de Hamlet: “Comprometerse a la Armada con el petróleo de forma irrevocable era, de hecho, ‘rebelarse contra un mar de problemas’”, escribió.






