El giro de La Habana frente a Washington pone a prueba la cohesión de la cúpula comunista y de sus aliados en América Latina
Después de mes y medio de negarlo o definirlo oficialmente como “rumor”, “chisme”, “especulación” o “chanchullo”, el Gobierno cubano admite que está negociando con Donald Trump y Marco Rubio. Lo admite con la opacidad de siempre, sin dar detalles y bajo la misma retórica continuista y triunfalista, esta vez coronada por una frase que sintetiza el testimonio casi teológico de qui...
en no tiene otra opción que ceder: “Pero la culpa es del bloqueo”.
Del derroche de hermetismo del presidente, Miguel Díaz-Canel, en su última comparecencia, hay, por lo menos, dos cosas claras: Cuba se alinea con la Doctrina Donroe, a partir de la oferta que hiciera la cancillería cubana desde los primeros días de febrero de 2026, poco después de que se diera a conocer la orden ejecutiva del 29 de enero de Donald Trump, en que se presentaba a la isla como una amenaza para el hemisferio.
La disposición a colaborar con una estrategia de seguridad regional, dirigida a compartir objetivos en el combate al narcotráfico, el terrorismo, el lavado de dinero, la trata de personas y la emigración ilegal, por parte del Ejército cubano, es vieja. Pero, como casi todo en Cuba, dicho alineamiento se ha visto siempre alterado por la apuesta geopolítica del gobernante Partido Comunista de la isla, muy central en el legado de Fidel Castro, de resistir la hegemonía de Estados Unidos en el continente.











