La película es el debut en la dirección de la actriz Hafsia Herzi, que derrocha rotundidad en su propuesta, arrojo y verdad
Las películas de activismo social que además van de la mano de un carácter pionero son casi imposibles de abordar desde la vertiente de la crítica relacionada con lo artístico y lo narrativo. Que si no están suficientemente bien contadas, que si los personajes secundarios vienen y van un tanto a capricho del guion, o que si a la puesta en escena le sobran primeros planos, perdiendo emoción cuando realmente los necesita… Son tres de las cosas que podríamos citar en la valoración y el análisis de La hija pequeña, debut en la dirección de la habitual actriz
082567/?ref_=tt_ov_1_1" data-link-track-dtm="">Hafsia Herzi. Pero todo aquello palidece ante la rotundidad de su propuesta, ante su arrojo y su verdad, que como es la suya y la cuenta a borbotones, poco se le puede reprochar. Su ópera prima, basada en una novela de corte autobiográfico de la joven escritora francesa de origen argelino Fatima Daas, cuenta el proceso de descubrimiento, asunción y vivencia de una adolescente lesbiana en el seno de una familia musulmana.
Herzi, la directora, hija de padre tunecino y madre argelina, con su eterna cara de niña a pesar de haber cumplido ya 39 años, habitual del mejor cine francés relacionado con la inmigración (Cuscús, La fuente de las mujeres), y de un singular atrevimiento en papeles relacionados con el sexo y el erotismo (Casa de tolerancia, Sex Doll...), ha compuesto una película marcada por las miradas. Las miradas de los demás hacia la protagonista: las de sus hermanas mayores, que la tildan de “machorra” y la avisan de que vistiéndose y comportándose así “nadie” la va “a querer”; la de su madre, orgullosa de que sea ya la tercera mujer graduada de una familia sencilla; las de sus compañeros de instituto; la de un novio tradicionalmente machista (y despistado), que quiere pedir su mano. Pero, sobre todo, las miradas de ella hacia un mundo que comienza sobrepasándola, y al que se va amoldando por un proceso natural en el que los golpes del destino van formando cicatrices.






