La única libertad que nos queda, como civiles que sufren bombardeos periódicos, es decidir hasta qué punto dejamos que el conflicto controle nuestra vida

En mi primer día de instituto, me dieron un carné de estudiante. Era un cartoncito rectangular de color azul claro con el logotipo del colegio encima de mi foto, mi nombre y mi número de identidad nacional. En el reverso del carné había una cita anónima (que más tarde descubrí que se atribuye erróneamente a Albert Camus), que decía: “No camines delante de mí, quizá no te siga. No camines detrás de mí, ...

quizá no te guíe. Camina a mi lado, sé mi amigo, nada más”.

Creo que no hubo un solo día de mi etapa en el instituto en el que no leyera esas frases escritas en la tarjeta que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. No lo hacía a propósito; lo hacía sin más, como una especie de tic. Después de la clase de gimnasia o en medio de la clase de Física, el trozo de cartón azul claro asomaba en el bolsillo, y mis labios murmuraban la cita, del mismo modo que los judíos devotos suelen susurrar la oración de Shemá Israel.

En cierto sentido, esa cita se convirtió en mi credo: el deseo de existir en un espacio en el que nadie me controle a mí ni controle yo a nadie. Esto es mucho más difícil de lo que parece. La diferencia entre mantenernos firmes en nuestras opiniones e imponerlas a otra persona puede parecer vaga y confusa; es una especie de número acrobático, como caminar por la cuerda floja. Y, cuanto más peso tienen las redes sociales en nuestra vida, menos factible resulta.