El presidente del Gobierno sabe que invocar sus logros sociales tiene poco magnetismo. Necesita mostrarse como el gran rival de Trump

Los diversos gobiernos de coalición de Pedro Sánchez han tenido un digno recorrido legislativo en materia social. La ampliación del permiso de paternidad,

-dtm="">la subida significativa del salario mínimo, la contención relativa de los precios de la energía o la financiación pública de la mitad del abono de transporte. Todos hechos palpables. Pero Sánchez es conocedor de su época como pocos otros. Sabe que ni los hechos ni la realidad movilizan a una parte del electorado. Lo hacen las palabras gruesas, el espectáculo y el relato. Dijo una vez Tom Waits que la realidad era para aquellos que no podían soportar las drogas. Sánchez sabe que la realidad es para aquellos que no pueden soportar el relato. Yo me encuentro entre los pobres infelices que necesitan la realidad porque lidia mal con la implacable fantasía del relato.

Pero sospecho que estoy más solo que la una. Sánchez sabe que invocar sus logros sociales va a tener poco magnetismo. Necesita alguna otra cosa. Necesita mostrarse como el gran rival de Trump. No necesita tener ideas. Necesita tener una posición en el terreno de juego. Es obvio que Trump le está ayudando en este menester. Todo esto forma parte de una visión de la política de más largo aliento en que la diferencia temporal ya no es entre el tiempo de la campaña electoral y el tiempo en que se gobierna, sino entre la campaña electoral y la precampaña electoral, que puede llegar a durar todo lo que se alargue una legislatura.