Muchos autores japoneses han explorado el trauma, el entorno y las ansiedades vinculadas a los desastres y la radiación.

La producción cultural japonesa surgida a raíz del terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de marzo de 2011 comparte la visión apocalíptica de las obras creadas tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, pero, sobre todo, recurre a la elipsis, una herramienta estética frecuente en una cultura que valora la omisión, la ambigüedad y la contención emocional. Pero antes de la triple tragedia, dos grandes figuras de las letras niponas, el premio Nobel de Literatura Kenzaburo Oe (1935-2023) y Haruki Murakami, el autor japonés más vendido y traducido en la historia, ya tomaron posición en contra de la energía nuclear.

Oé confesó sufrir un bloqueo creativo tras el accidente de la central de Fukushima Daiichi y abandonó durante meses la que sería su última novela, Bannen Yoshikishu (2013; In Late Style en su traducción inglesa). Diez días después del Gran Terremoto del Este de Japón publicó en la revista The New Yorker un artículo titulado La historia se repite (History repeats). Allí acusó a su país de haber repetido el error de las bombas atómicas al construir centrales nucleares: “Es la peor traición posible a la memoria de las víctimas de Hiroshima”, sentenció. Retomó su novela y convirtió el desastre del 11 de marzo de 2011 (3.11 en japonés coloquial) en el eje de una reflexión sobre la vejez, la muerte y el futuro de Japón.