Tres adolescentes cuentan qué ganan y qué se pierden estando fuera de las plataformas que España y otros países han decidido restringir para ellos
Àngels estudia tercero de la ESO, vive en Consell, un pueblo situado en el corazón de Mallorca, en verano cumplirá 15, es buena estudiante, entrena a básquet todas las tardes, usa WhatsApp con sus amigas y la familia, pero no tiene lo que suele entenderse por redes sociales, ni perspectivas de tenerlas a medio plazo. Tanto ella como otros dos chavales entrevistados para este artículo ya cumplen con el marco que previsiblemente establecerá el Gobierno para restringir las redes sociales a menores de 16. Sin pretender que sus ejemplos sean representativos ―los tres son, para empezar, de clase media, tienen al menos un progenitor con estudios universitarios, hacen deporte y sacan buenas notas―, sus casos muestran que en la España de 2026 se puede ser adolescente, estar fuera de las redes y no sentirse por ello excluidos. Lo cual no significa que a veces no tengan la sensación de estar perdiéndose algo.
“La verdad es que no me he planteado un horizonte. No es que diga: llegaré a una edad y tendré redes. Y tampoco es que crea que no estoy preparada o que no las usaré bien. Es que no me llama mucho la atención, estoy tranquila así”, dice Àngels. “Es verdad que en algunos temas no estoy puesta, pero no creo que eso me suponga una dificultad a la hora de socializar o de estar con mis amigas”, añade. Tiene previsto estudiar el Bachillerato científico y después quizá Psicología, Magisterio o Medicina. La adolescente no tiene la sensación de que sus padres le hayan prohibido tener TikTok o Instagram (las redes que tienen sus amigas), aunque cree que no les hacen gracia.






