Las novelas del escritor peruano son permanentes fluctuaciones del ánimo que nos llevan de la carcajada a la melancolía

Lo conocí gracias a un profesor de Literatura de secundaria, que tuvo la buena idea de darnos a leer los cuentos de Huerto cerrado y La felicidad ja, ja, y nunca más dejé de leerlo. Lo hice de manera intensa, febril, durante los años de universidad, llorando de risa con los enredos de Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz o Pedro Balbuena, personajes tan reales, que me enseñaron tanto y con quienes entablé una relación de complicidad tan estrecha que, muchos años después, cuando por fin conocí a Alfredo Bryce Echenique, sentía que llevábamos tiempo siendo amigos.

Recuerdo que ese día lo entrevisté en el programa que conducía en la televisión peruana y, a la salida, nos fuimos a comer. Era viernes y, como el domingo eran las elecciones generales, estaba vigente la ley seca. En cuanto nos sentamos, Bryce pidió un par de vodkas con agua tónica, que la camarera se negó a traer. En lugar de resignarse, él porfió, inventándose una modificación de las normas electorales que permitía el consumo de alcohol hasta esa medianoche. La camarera anotó el pedido, nos prometió que vería qué podía hacer y volvió al rato, con aire derrotado, trayendo una bandeja con dos tazas de loza blanca. “Su té, caballeros”, nos dijo mientras las dejaba sobre la mesa. Alfredo recogió la suya con absoluta naturalidad y, citando el título de su libro más reciente, la entrechocó con la mía diciendo: “Dos señoras conversan. Salud”.