Hemos perdido a uno de los mejores genios cómicos de nuestra lengua, también un personaje en sí mismo

Martin Amis escribió que siempre andamos escasos de genios cómicos. Con la muerte de Alfredo Bryce Echenique a los 87 años hemos perdido a uno de los mejores de nuestra lengua. Bryce escribió un...

a novela conmovedora e inolvidable, Un mundo para Julius, una evocación divertida y a veces tristísima de la infancia. Pero mi libro preferido de Bryce es La vida exagerada de Martín Romaña, una novela rabelesiana llena de humor autodenigratorio, con un “hombre inútil” que en su monumental despiste sigue a una amante a las barricadas de mayo del 68 y hace el ridículo de casi todas las maneras posibles. La lectura del capítulo “El vía crucis rectal de Martín Romaña” me provocó un ataque de risa que me tiró del sofá de la casa de mis abuelos.

La vida exagerada tiene una segunda parte excelente, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz. Y, aunque otros libros suyos son más irregulares, todos tienen momentos brillantes: los cuentos de Huerto cerrado, las antimemorias Permiso para vivir, o la novela Reo de nocturnidad. Creador de títulos memorables, se convirtió en un cómico legendario: borrachuzo, desvalido y protagonista de anécdotas disparatadas. La más célebre, que varias personas aseguran haber presenciado en ciudades distintas, cuenta que se duerme en una mesa redonda ayudado por el alcohol. Cuando llega el turno de preguntas, se invoca la figura de Manuel Alvar. Bryce abre los ojos y dice: “Eso digo yo, al bar, al bar”, y se levanta y se va.