La nonagenaria recibe los restos hallados en una fosa común de Pompilio Llopis, acusado falsamente de instigar el asesinato de dos sacerdotes en Benissa (Alicante)
Aquella fría mañana no fue la de un miércoles cualquiera de principios de febrero. Jaime Navarro recogió a su abuela, Catalina Llopis, en la puerta de su casa, en Alicante. Se dirigieron a Murcia, donde tenían una cita en la sede de la empresa arqueológica Proyectos de Ingeniería Maurandi. Allí le entregaron una caja que contenía los restos de Pompilio Llopis, padre de Catalina, fusilado tras la Guerra Civil bajo la falsa acusación de haber orquestado el asesinato de dos sacerdotes...
en Benissa (Alicante), su pueblo. Dentro de la caja también había una bolsita con seis botones, los únicos objetos hallados en la fosa XXVIII del cementerio de Alicante que se podían vincular a sus restos. Jaime y Catalina salieron a desayunar y volvieron a la carretera. “Sentí paz”, afirma Catalina. “Cuando vi la caja, lo primero que pensé es que había muerto siendo un crío de solo 43 años”. Ella tiene 97.
La hija de Pompilio, un hombretón de dos metros que trabajaba de cobrador de autobuses, nunca contó la verdadera historia de su padre a su familia. “Sabíamos que había muerto en la guerra y poco más”, asegura Navarro. Catalina lo había guardado todo en su prodigiosa memoria, en perfecto estado. “No ha pasado un día en que no me viniese a la cabeza lo que le hicieron”, comenta. “Siempre pensé que no sabría nunca dónde estaba mi padre”. Todo cambió en 2016, cuando llegó Luis Botella, un historiador que investigaba la represión franquista en Benissa. “Yo le dije: ‘jamás sabré lo que pasó. Cuando me encuentre con papá, ya me enteraré”, rememora. “Y él me contestó: ‘pues mira por dónde, lo vamos a saber ya’”.






