El Gobierno entrega los restos del primer fusilado de la Guerra Civil en Riotinto, identificado por un tricornio hace cuatro años, cuya confirmación final ha demorado el ADN
“¿Cómo vamos a lavar el honor de mi padre?”. Esta es la pregunta que durante toda su vida se hizo Rosario Godoy, incluso cuando, enferma de alzhéimer era ya incapaz de recordar a su hija, María Itatí Ortega. Este jueves, la respuesta ha llegado en la forma de la entrega de los restos de Luis Ortega Godoy, cabo de la Guardia Civil y el primer fusilado por la tropas golpistas de la localidad onubense de Riotinto por, en cumplimiento de su deber, negarse al mandato de Quepo de Llano de que todos los cuarteles andaluces depusieran las armas. “Aquí está tu papá, con su honor intacto, como vos querías”. Así ha rememorado Itatí la promesa que le hizo a su madre pero que, como ocurre con la mayoría de los familiares de los represaliados en la Guerra Civil, no pueden cumplirse en vida.
El cabo Godoy, como se le conocía, fue ejecutado el 23 de agosto de 1936. Ese día el compacto armazón de la que era su familia se quebró en tantos pedazos como hijos dejaba: siete, el menor de un año, y que luego siguieron fragmentándose conforme cada uno de ellos trató de rehacer un futuro marcado por la pobreza y un exilio forzado por los sublevados que ganaron la guerra. Todos ellos y los 19 nietos que le sucedieron se han convertido en este tiempo en piezas de un doloroso puzle con una ausencia lacerante: el paradero del patriarca, que, como explica Itatí a este diario, este jueves se ha podido completar, 90 años después: “Hemos cerrado un círculo, hemos podido terminar de armar el rompecabezas, era la única pieza que nos faltaba”.






