EL PAÍS revela el largo proceso, lleno de dificultades y contradicciones, que ha permitido identificar los restos del sacerdote colombiano 60 años después de su muerte en combate

Un grupo de forenses abre tumbas, en un gesto aprendido a fuerza en un país acostumbrado a desenterrar a sus muertos. Buscan víctimas de desaparición forzada. En el cementerio municipal de Bucaramanga, en 2022, excavan los nichos del panteón militar y encuentran los restos de 12 personas. Un año más tarde, la tarea se repite y recuperan 21 más. Nada parece excepcional, hasta que un caso rompe la rutina. Son los huesos de uno de los muertos bañados en formol, como si alguien hubiera tenido la intención de hacer desaparecer su identidad más allá de su sepultura. La necesidad de saber quién es pronto empieza a dar pistas para responder una de las primeras preguntas que ha dejado abiertas el conflicto: los restos anónimos derramados del agresivo químico son de Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero más famoso de Colombia, asesinado y ocultado durante años para que su historia, su nombre, no volviera a salir a la luz. No lo lograron.

La historia de Camilo Torres después de su muerte ha sido más larga que su propia vida. Abatido a los 37 años, en 1966, en su primer combate como integrante del Ejército de Liberación Nacional (ELN), una guerrilla que aún sigue en armas, el episodio era ya tan lejano que darle un cierre parecía imposible. A menos de tres semanas de cumplirse los 60 años de la caída del cura guerrillero, uno de los mayores referentes de la Teología de la Liberación en América Latina, se han identificado sus restos. EL PAÍS reconstruye la historia de la pérdida y el hallazgo del cadáver de uno de los primeros desaparecidos del conflicto colombiano. La versión clave de un sepulturero que dio su ubicación en 2023, químicos que intentaron borrar el ADN de sus huesos y mediaciones diplomáticas de alto nivel con Estados Unidos y Cuba fueron necesarios para confirmar lo que hasta ahora habían sido indicios.