El acto fúnebre del sacerdote colombiano abatido en combate en 1966, previsto para este domingo, queda estancado en medio de las posturas de Medicina Legal, la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas y la Universidad Nacional

El descanso en paz del padre Camilo Torres, reclamado y ansiado por seis décadas desde su muerte, sigue en vilo, y ya no porque el cadáver permanezca desaparecido. La ceremonia de inhumación, programada para celebrarse este domingo en la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional, en Bogotá, y que coincide con el 60° aniversario de la muerte en combate del sacerdote como guerrillero del ELN, está a punto de quedarse sin la carga simbólica de la presencia de los restos del religioso. La falta de un documento clave del Instituto de Medicina Legal y una controversial convocatoria masiva por parte de la casa de estudios han cambiado los planes. El osario, ya adecuado dentro del templo, de momento tendrá que seguir vacío.

La entrega del cuerpo del sacerdote revolucionario más icónico de Colombia ha resultado tan compleja como el enigma que durante más de medio siglo rodeó su desaparición. Desde hace poco más de un mes, varias entidades del Estado se han preparado para dar sepultura a los restos óseos que fueron hallados en el panteón militar del Cementerio Municipal de Bucaramanga, tras un larguísimo proceso forense y diplomático que reveló EL PAÍS. La identificación de sus huesos, que aparecieron inexplicablemente cubiertos de formol, ha sido confirmada por tres laboratorios forenses, uno de ellos en Estados Unidos, tras una serie de análisis que incluyeron pruebas adicionales de identidad más allá del ADN. Las muestras fueron enviadas a algunos de los centros especializados más avanzados en ese país en busca de resultados concluyentes, y solo dos piezas óseas permitieron aislar material genético utilizable, ya que el formol degrada progresivamente los rastros de ADN en el tejido óseo.