Una semana después del ataque, Washington, que ha aducido una decena de justificaciones diferentes, maneja el escenario de una contienda de meses y no descarta las tropas sobre el terreno
El ambiente del Eebee’s, taberna de moda en Washington, no parecía el jueves por la noche, con su lista de espera de tres horas para una mesa, propio de una ciudad en guerra. Puede ser, obviamente, porque las bombas estén cayendo a 10.000 kilómetros de distancia. O porque Donald Trump haya logrado sumir a la ciudad en un narcótico estupor a base de someterla a su
rack-dtm="">doctrina del shock diaria. O tal vez se deba a que, pese a sus promesas de no hacerlo, su presidente haya vuelto a embarcar a Estados Unidos en una aventura bélica incierta sin esforzarse en conquistar a la opinión pública, ni contar con el Congreso para declarar la guerra.
Una semana después de su inicio en la madrugada del 28 de febrero, Washington sigue también sin dar a los suyos una justificación clara para la Operación Furia Épica, lanzada contra Irán, a medias con Israel. En los primeros siete días, se han aducido 10 objetivos, entre ellos: forzar un cambio de régimen, desmantelar un Estado promotor del terrorismo, evitar que este interfiera en las elecciones estadounidenses, garantizar la paz en el mundo y en Oriente Próximo, acabar con un programa nuclear que en teoría se había “aniquilado”, inutilizar los misiles balísticos y la Armada iraní o adelantarse, como dijo el secretario de Estados Unidos, Marco Rubio, a un ataque inminente de Israel o, a tenor de lo dicho después por Trump, a un golpe de Teherán, también inminente, sobre el que resulta que el presidente tuvo un pálpito.







