Las instalaciones fueron construidas a finales del sigo XVIII en Menorca con el objetivo de proteger de epidemias tanto a la ciudadanía como a sus internos

Cuando la fiebre amarilla invadió el Lazareto de Mahón en el verano de 1821, los miembros de la Junta de Sanidad encargados de su administración no entendían qué podía estar sucediendo. Los guardias, desde sus cinco torres, seguían gritando “¡que corra el aire!” a los cientos de marineros, pasajeros y comerciantes que entonces cumplían cuarentena, se redoblaron los esfuerzos purificadores con continuos sahumerios (tratamientos de humo y vapor) y expurgos (limpieza minuciosa, a veces sumergiéndolas, de embarcaciones y mercancías). También se vigiló que se cumplieran las normas de aislamiento entre patentes (zonas de la instalación en las que se internaba a los viajeros según el avance de su enfermedad) y respecto al exterior del propio lazareto, protegido por una doble muralla y con un portero como único contacto con el pueblo de Es Castell, a alrededor de un kilómetro por mar. Pero, aunque la distancia social hubiera sido eficaz contra la propagación de otras epidemias, en este caso nada pudo hacer contra los contagios producidos por un mosquito que, llegado a bordo de alguno de los bergantines, fragatas o goletas fondeados junto a la instalación, se pudo reproducir hasta que llegó el frío.