La ópera prima del nigeriano Akinola Davies Junior transcurre en una sola jornada en la que la historia del país africano se cruza con la memoria familiar
En el cine clásico hay maravillosos ejemplos de evocaciones de la figura paterna. De Qué verde era mi valle, una de las obras más sentimentales, conmovedoras y desarmantes de John Ford, a Matar un ruiseñor, en la que Robert Mulligan adaptaba la novela de Harper Lee y convertía para siempre a Gregory Peck en Atticus Finch, ese pa...
dre soñado por cualquiera. A ojos de los niños de esas películas, como de tantos, esas figuras paternas representan algo tan poderoso como indescifrable; su identidad, el lugar donde nacen los valores y también los miedos que nos acompañan de por vida.
La sombra de mi padre, ópera prima del británico-nigeriano Akinola Davies Junior escrita a partir de elementos autobiográficos junto a su hermano Wale Davies, se inscribe en esa tradición a través de la mirada de dos hermanos pequeños que durante una jornada del mes de junio de 1993 pasean por la ciudad de Lagos de la mano de su padre. Con una introducción cuyo montaje nos lleva al terreno de la ensoñación, Davies no oculta que estamos ante un ejercicio de memoria personal, un lamento que arranca en forma de carta: “Querido padre, te veré en sueños…”.






