Maggie Gyllenhaal dirige con inútil furia las andanzas presuntamente líricas y trágicas de esta criatura de Frankenstein y su pareja
Poseo un recuerdo muy lejano, casi difuminado del primitivo Frankenstein que dirigió James Whale. Y no he visto nunca (aunque creía haber observado casi todo, incluidos multitud de horrores, transparentes o etiquetados bobamente como cine de autor) La novia de Frankenstein. Por lo tanto, no puedo establecer comparaciones, recurso muy socorrido para llenar la mitad del texto, entre aquella película en blanco y negro y esta nueva, gritona y prescindible adaptación....
También me pregunto si Hollywood, huérfana de ideas interesantes desde hace tanto tiempo, se ha propuesto resucitar la moda de monstruos con apariencia humana, feroces o entrañables, basados en ficciones literarias o extraídos de la realidad. Ahí tienen a los superpoderosos Trump, Putin, Netanyahu y tantos otros, seres de carne y hueso, ejerciendo de forma modélica e impune su vocación de killers.
En el caso de Guillermo del Toro, su amor a los seres deformes, en su aspecto o en su interior, eso no responde a una moda sino a su ancestral fascinación por ellos. Su Frankenstein es una película tan hermosa como conmovedora. Pero me dan escalofríos si entre los grandes ejecutivos de la industria se extiende la idea de que la taquilla necesita urgentemente una oleada de monstruos y a ser posible con gloriosas raíces literarias. O sea, nuevo cine gore, pero adaptando a clásicos de la letra impresa.









