El joven actor australiano encarna de forma conmovedora a la criatura en la romántica lectura que hace el cineasta mexicano del mito de Mary Shelley

Jacob Elordi no era la primera opción de Guillermo del Toro para encarnar a la criatura de su Frankenstein. Pero cuando

n.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/icon/cultura/2025-02-01/andrew-garfield-de-repente-fallecen-tus-padres-te-llega-una-crisis-y-las-prioridades-cambian.html" data-link-track-dtm="">Andrew Garfield abandonó el proyecto semanas antes de empezar a rodar, tras meses de preparativos, surgió como recambio el nombre del actor australiano y Del Toro y el maquillador Mike Hill, colaborador habitual suyo, reinventaron al monstruo. No sabemos cómo hubiese sido el personaje con el plan original, pero el trabajo de Elordi, la tristeza y soledad que transmite, es el corazón de una película que crece en su segundo acto, cuando la criatura, al fin, toma la palabra.

Frankenstein se estrenó el 17 de octubre en (muy pocas) salas, y ahora llega a Netflix. Es una vergüenza la estrategia de esta plataforma, que parece decidida a ahogar el paso por los cines de sus estrenos. Una casa llena de dinamita o Frankenstein son los últimos y lamentables ejemplos de cómo la compañía de streaming maltrata la exhibición en pantalla grande de sus producciones. En el caso de una película como esta, en realidad de cualquiera, pero especialmente tratándose de una fantasía gótica de grandes decorados y dos horas y media de duración, el ámbito doméstico acaba siendo letal.