Hay momentos en los que me estalla la lágrima con el ‘Frankenstein’ de Guillermo del Toro

Antes del plato más esperado, la muy hermosa Frankenstein, me trago un aperitivo que siempre me conmueve. Es Las normas de la casa de la sidra y como siempre, me emociono cuando el maravilloso Michael Caine, ese médico abortista, adicto al éter y al sexo con su enfermera, despide las noches de esos niños que fueron desechados, hambrientos de adopción o de amor, con estas palabras: “Que durmáis bien, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”. Esos críos ven extasiados todas las semanas la misma película, la única de la que disponen. Es King Kong. Y siguen extasiados, aunque se la sepan de memoria.

Y después paso a ver en televisión una película que está concebida para disfrutarla en el cine, dotada de imágenes y sonidos espectaculares. Da igual el trasvase. Netflix tiene asegurada una clientela inmensa. Y los más ricos también se pueden permitir el lujo de financiar cada cierto tiempo a grandes artistas, obras que pueden chocar con los gustos de un público acostumbrado a otras movidas que les entretienen mogollón. Se titula Frankenstein. Cuando pienso en su creador, el formidable Guillermo del Toro, lo asocio tal vez caprichosamente a una canción del volcán sentimental de Belfast, el inmortal Van Morrison, en la que asegura: “Nadie robará mis sueños en días como estos”. Del Toro siempre ha tenido muchos sueños que ha hecho realidad, asociados a la fantasía, el terror poético, la imaginación, los mitos de una tradición que puede perturbar la mente y el corazón. Sus películas son muy caras, pero se las ingenia para que encuentren financiación. Bendita sea esta.