Dominar el mercado del gas da a Trump una ventaja estratégica aún mayor que la del petróleo

Detrás de las inopinadas contiendas iniciadas por Donald Trump subyace un sustrato de estrategia que al inicio de su mandato sintetizó con “Drill, baby, drill” —en referencia a la polémica técnica del fracking para obtener energía— y que después se revistió bajo

ck-dtm="">la estrategia de “dominio energético”. Con sus acuerdos con Arabia Saudí, Trump ha logrado situar el precio del petróleo en una zona cómoda, donde es rentable para los productores de EE UU, pero a la vez asequible para los ciudadanos. Pero su verdadero punto fuerte está en el mercado del gas, donde Estados Unidos mantiene una posición dominante.

En el pasado, otros líderes se han abstenido de entrar en conflictos en la zona del Golfo por la tremenda factura en forma de subida de los combustibles que han terminado pagando los ciudadanos estadounidenses. Aunque Estados Unidos produce petróleo, su precio de referencia es internacional, y una subida global del coste del crudo llega a las gasolineras estadounidenses. Pero Trump, que en materia petrolera parece estar mejor asesorado que en otras áreas, ha visto que la holgura del mercado del petróleo le permitía intervenir sin pagar un coste tan alto. Si la guerra no se prolonga más allá de un mes, la capacidad de Arabia Saudí de bombear petróleo por oleoductos es alta y la mera posibilidad que ha ofrecido Trump de escoltar barcos petroleros mantiene el precio del barril por debajo de los 80 dólares.