Como ocurrió hace un siglo, algo se ha roto en los últimos años tras décadas de primacía de la política y de la diplomacia
En los años 20 del siglo pasado, muchos escritores, políticos, profesionales y burgueses compartieron un sentimiento de tristeza y desilusión. La I Guerra Mundial había transformado el orden internacional establecido e inaugurado un periodo de inestabilidad política y económica de terribles consecuencias. “Las viejas certezas se perdieron y comenzó la Era de la Incertidumbre”, escribió décadas de después el economista John K. Galbraith.
La crítica a la democracia ganó terreno tras los desastres de la guerra y con el miedo a la revolución y al comunismo que llegaban desde Rusia. La I Guerra Mundial contempló el primer intento de construir una coalición de potencias liberales. No salió bien y el precio de ese fracaso dejó pequeños todos los cálculos posibles, porque, a comienzos de los años 30, abrió una ventana de oportunidades por la que se colaron políticos agresivos que metieron al mundo en un brutal caos.
La incapacidad del orden capitalista liberal para evitar el desastre económico hizo crecer el extremismo político, el nacionalismo violento y la hostilidad al sistema parlamentario. La cultura del enfrentamiento se abría paso en medio de una falta de apoyo popular a la democracia. Los extremos dominaban al centro y la violencia a la razón.






