Las Tullerías se convierten en un cuadro de Monet en un París que desafía los tambores de guerra

Hacer que no pasa nada sentados en los desfiles de París mientras comienza otra guerra es un ejemplo más de la disociación en la que vivimos. No es nuevo, ya lo escribió Kafka en su diario en 1914: “Ayer Alemania declaró la guerra a Rusia. Hoy por la tarde fui a nadar”. No hay otra forma de seguir vivo que seguir viviendo, pero el ambiente en los corrillos de los desfiles era tenso, por mucho que luego los reels y las imágenes reflejen otra cosa.

En 1923 el senado francés, con sede en el Palacio de Luxemburgo, decidió cambiar el mobiliario de sus jardines. En lugar de bancos instaló sillas móviles que se podían orientar al sol, que podían juntarse y separarse a voluntad y podían alquilarse. Esas sillas sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. No las mismas, claro, ya que durante la ocupación nazi de París el metal se fundió para fabricar armamento. Las sillas se extendieron como modelo de urbanismo y practicidad al resto de los jardines de París, incluyendo el de Tullerías y fueron (en miniatura) la invitación al desfile de Dior. Los que, como Jonathan Anderson, hemos nacido en países donde los bancos inmóviles son la norma, siempre nos sorprendemos con las sillas de París. En el caso de Gran Bretaña, los bancos son tan graves que llevan incluso placas recordando a muertos anónimos. Por eso la ligereza de la silla, el parque como un lugar de movimiento, sedujo al diseñador. Por eso, esta vez no hubo carpa cubriendo los jardines de las Tullerías donde siempre desfila la Maison, si no un invernadero de cristal con un estanque central en el que flotaban unos nenúfares emulando a un jardín de Monet.