La idea es que otorgar a actores privados beneficios financieros y reputacionales con riesgos de pérdida limitados abaratará el acceso a capital para proyectos socialmente valiosos. Pero los resultados no tienen nada de inocuos

Durante el último medio siglo, el modelo económico de la salud mundial fue muy sencillo. Los países ricos donaban fondos a los países pobres, que los usaban para satisfacer las necesidades sanitarias de su población. El éxito no se medía según indicadores financieros, sino por la cantidad de servicios prestados o de vidas salvadas. No era un modelo perfecto, pero la alternativa que lo está sustituyendo ―centrada en el uso de herramientas como la provisión pública de garantías y la financiación combinada, con el objetivo de atraer capital privado― amenaza con producir resultados incluso peores.

El esquema basado en donaciones admite críticas válidas. Las donaciones son finitas, dependen de presupuestos públicos limitados y están sujetas a los vaivenes políticos de los países donantes. Las ayudas oficiales al desarrollo (AOD) para la salud están estancadas en términos reales desde fines de la década de 2010, aunque en ese período las necesidades aumentaron. Además, el sistema de donaciones se basa en gran medida en programas de salud verticales, que promueven objetivos específicos, medibles, estrechos y a menudo cortoplacistas. Como estos programas tienen mecanismos de compra, requisitos de publicación de información y prioridades propios, paralelos a los objetivos nacionales generales, tienden a producir sistemas de salud más fragmentados y débiles.