Muchos votantes de izquierdas no han abandonado la política, pero sienten que el partido de Starmer les ha abandonado y optan por los verdes
Desde la irrupción de la revolución industrial, Mánchester siempre ha sonado como sonaban sus fábricas. A distorsión, a hierro golpeado y al ritmo agotador de una cadena de producción que nunca se detiene. Una ciudad gris, durísima, forjada en carbón y sindicalismo, que aprendió a hacer de la derrota obrera y su melancolía himnos de conciencia y resistencia de miles: Joy Division, The Fall, New Order. Porque, como explicó
mark-fisher-fascina-a-los-jovenes-de-la-izquierda.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/ideas/2023-04-26/por-que-el-pensador-pop-mark-fisher-fascina-a-los-jovenes-de-la-izquierda.html" data-link-track-dtm="">el escritor y crítico cultural británico Mark Fisher, el capitalismo organiza la producción, pero también el imaginario político. Y a Mánchester le sobra imaginario.
Es el Mánchester de la masacre de Peterloo, que reprimió el movimiento de tejedores y comerciantes que se resistían a la automatización y apostaban por la democracia, que Marx y Engels convirtieron en símbolo de la miseria industrial. El mismo que, desde finales de los años setenta del siglo XX, pagó cara la desindustrialización, el desempleo y la precariedad del thatcherismo. De esa historia de maltrato y contestación nació una lealtad política inquebrantable al laborismo.














