La guerra híbrida llevada a cabo por Rusia en Ucrania utiliza los videojuegos para reclutar jóvenes de otros países
Blindados ligeros y pesados, helicópteros o aviones de combate, 80 armas y arsenales personalizables de corta y media distancia. La acción es frenética, la clave es saber disparar, las posibilidades son infinitas. Formar escuadrones, combatir en diversos territorios, influir en el campo de batalla como director de operaciones. “Vas a vivir la guerra”. Así se puede leer en la web desde la que puedes adquirir Arma 3, un videojuego en línea. Si pagas más, más vidas. Dos amigos sudafricanos, como ocurre en cualquier lugar del mundo, se distraían durante horas, perdidos en su habitación delante del ordenador, durante el verano de 2024. Se lo pasaban en grande disparando con el teclado y, a través de una plataforma de comunicación, bromeaban con otros jugadores mientras disparaban al enemigo. Un día apareció en el chat un tal @Dash. Empezaron a escribirse. Si aquello que experimentan en la pantalla era una vivencia casi real, ¿por qué no ir a una guerra de verdad? Poco a poco ha podido reconstruirse lo que ocurrió a partir de aquel instante.
Una primera conversación en Ciudad del Cabo, luego una reunión en el Consulado ruso de su ciudad. Es fácil dar con la dirección y el nombre del personal. Ellos dos subieron a la planta número 12 del edificio Norton Rose House, tal vez les presentaron a algunos de los 10 integrantes del equipo o a lo mejor hablaron directamente con la persona encargada de reclutarlos. Les advirtieron que aquella decisión que iban a tomar era ilegal, porque la legislación impide a sus ciudadanos combatir con otro país, pero el 29 de julio empezaba la partida de su vida. La promesa era el futuro: obtendrían la ciudadanía rusa, les dijeron, y les dijeron también que les pagarían los estudios si entraban en el ejército. Volaron hacia Rusia ―escala en Emiratos Árabes― y al poco de llegar firmaron un contrato como militares. Unas semanas de entrenamiento y de inmediato el destino al frente. Su función, según los papeles, era asistir a los tiradores de lanzagranadas. Pero la aventura duró poco. Uno de los dos falleció el 23 de octubre. El otro está en paradero desconocido. Si no hay paz, en realidad hay muertos. Y si los muertos no son del país que combate, es fácil olvidarlos si allí nadie los va a llorar.







