El golpe ha sido humillante y devastador. La flota aérea estratégica de Rusia ha quedado súbitamente diezmada. Gran número de sus aparatos operativos, quizás la mitad, han sido destruidos o dañados en una audaz acción de los servicios secretos de Ucrania. Es indiscutible su carácter defensivo, puesto que eran bombarderos empleados en el lanzamiento de misiles sobre las ciudades ucranias. Pero la acción desborda la simple respuesta a los ataques sufridos en los últimos días, ya que los aviones destruidos tenían capacidad para transportar y lanzar artefactos nucleares. Aunque propiamente no sea una escalada, queda disminuido un elemento de la triada nuclear rusa (bombarderos estratégicos, lanzaderas terrestres y submarinos nucleares) que constituye el arma disuasiva de último recurso de la superpotencia.
Esta exitosa operación, denominada Tela de Araña, desequilibra de nuevo la guerra justo cuando Rusia avanza lentamente en el frente terrestre, castiga desde el aire a la población civil ucrania y exhibe la superioridad diplomática proporcionada por las afinidades inocultables entre Putin y Trump. Este golpe tan sorprendente contiene mensajes en todas direcciones. Liquida la legendaria profundidad estratégica rusa. Las armas son de fabricación ucrania. Sin dependencias exteriores ni autorizaciones de nadie. La inversión es ínfima en comparación con el coste de los aparatos destruidos. Cuestiona la superioridad territorial, demográfica y económica del ejército ruso.







