El Congreso quinquenal ha dejado ver la creciente relevancia de la hermana de Kim Jong-un y el presumible rol de su hija adolescente como heredera

El líder norcoreano, Kim Jong-un, enfundado en un abrigo de cuero negro que podría haber vestido cualquier villano de James Bond, con una sonrisa y el pelo perfectamente moldeado en ese peinado que le aplana la cima del cráneo, dio por concluido el pasado miércoles el IX Congreso del Partido de los Trabajadores con un discurso ante las tropas <...

/a>que desfilaban por la plaza que lleva el nombre de su abuelo, Kim Il-sung, fundador de Corea del Norte y de la dictadura hereditaria: “Nuestro ejército lanzará terribles ataques de represalia contra cualquier fuerza en el momento en que cometa actos militares hostiles que infrinjan nuestra soberanía nacional y nuestros intereses de seguridad”.

En algunas de las fotografías, la hija adolescente del actual líder, Kim Ju-ae, aparece cuidadosamente colocada a su espalda o a su lado, confirmando lo que los servicios de espionaje surcoreanos creen cada vez con mayor firmeza: ella es la heredera.

El cónclave del partido único que rige los designios de Corea del Norte, más allá de su formalidad orgánica, ha sido una meticulosa coreografía del régimen más opaco del planeta. Un altavoz político y una gigantesca operación de propaganda destinada a enviar señales en clave interna y también al mundo.