Un libro extraordinario sobre Budapest durante la Segunda Guerra Mundial despliega una fascinante galería de personajes en la que no faltan Paddy Leigh Fermor y el conde Almásy

Llevo una temporada muy húngara. El otro día me encontré en la calle a mi querido maestro de esgrima, Imre Dobos, que me emplazó a volver a la sala a mejorar con el sable. Mientras lo decía me miraba desde arriba —es sustancialmente más alto— con esos ojos tan magiares que parecen reflejar el cielo interminable de la puszta o la bruma que se eleva del Danubio una mañana de invierno en Budapest. La misma mirada, los mismos ojos ovalados como mandorlas, el azul como si lo vieras en u...

n espejo empañado, los volví a notar sobre mí el jueves al conversar en el bar del hotel Alma con László Krasznahorkai, el premio Nobel de literatura. Entonces, mientras trataba de formular una pregunta a la altura de la prosa sin límites de autor, pensé en aquel pasaje de su Melancolía de la resistencia: “Se quedó mirando el vacío. El vacío, un alba ahogada cuya claridad lechosa no inundaba, sino que empapaba el cielo oriental”.

Y el lunes estuve en la misma Budapest, no la real de ahora sino la de 1938, acodado en el mirador del bastión de los pescadores en la colina del castillo, observando correr abajo el río y extenderse Pest, la mitad oriental de la ciudad. Me asomaba a las maravillosas viñetas de Rapsodia húngara (Norma, 1984), el clásico álbum de Vittorio Giardino de las aventuras de su detective Max Fridman que transcurre en la vieja capital, mientras preparaba una cita con el dibujante.