El historiador Esteve Riambau recuerda el paso del cineasta húngaro fallecido por la Filmoteca de Catalunya y su rodaje con alumnos en un restaurante chino

Cuando Béla Tarr se enteró de que las entradas para ver Sátántangó estaban agotadas, me propuso que le cambiara el billete de regreso a Budapest, porque quería quedarse a presentarla. Eso sucedió hace un par de años,

rget="_self" rel="" title="https://elpais.com/espana/catalunya/2024-01-12/la-ballena-el-caballo-y-el-gato-barcelona-se-rinde-al-cine-y-la-personalidad-de-bela-tarr.html#?rel=mas_sumario" data-link-track-dtm="">con motivo de la retrospectiva que le dedicamos en Filmoteca de Catalunya. La sala, efectivamente, estaba a rebosar y a la una de la madrugada di por finalizado el coloquio con los más de 200 supervivientes de aquella maratoniana sesión que había comenzado a las cuatro de la tarde de un domingo en el que, como recordó el cineasta húngaro, jugaba el Barça contra el Madrid y muchos de los espectadores no habían nacido cuando él rodó en 1994 su obra magna. Se trataba de una adaptación de la novela homónima de László Karsznahorkai, último premio Nobel de Literatura y uno de los puntales de su cine, junto con el compositor Mihaly Vig.