Meses antes de su muerte, la escritora alemana obsequió a su esposo con ‘August’, un texto breve que es algo más que una ‘nouvelle’

Christa Wolf (1929-2011) concibió August como regalo para su marido en su sexagésimo aniversario de boda. Buscaba, tal vez, dejar constancia de un retazo de vida que no habían compartido. Juntos habían superado, 20 años antes, la “campaña de odio” —en palabras de Wolf— que ésta sufrió tras la caída del muro, al relatar en Lo que queda (Seix Barral, 1991), siendo ya una escritora consagrada, la vigilancia a la que el estado la había sometido en la antigua ...

RDA. Las reacciones, que la acusaban de publicar la obra a deshora, presentándose como víctima de un régimen al que ella misma había contribuido, llegaron a provocar que Günter Grass se lanzase a apoyarla.

Wolf perseveró, pese a la encarnizada polémica, en lo que tan bien sabía hacer. Varias obras separan Lo que queda de August, que es su última novela y la primera que tiene un hombre como protagonista: en ella, Wolf recupera las últimas escenas de Muestra de infancia (Alfaguara, 1984) para centrarse en la admiración que siente August —huérfano de ocho años y refugiado, como ella misma, de la Prusia Oriental— por Lilo, una adolescente idealista por cuyo cariño compite en un sanatorio para tuberculosos. La propia Wolf ingresaría, con 17 años, en el hospital de Klützer Winkel, “el castillo de las polillas” —por la enfermedad— que describe en el texto. Allí residiría durante ocho meses en una época en que todos, piensa August, “arrastraban alguna pena”.