El dramaturgo pretendía cambiar España desde la sombra, a través de acólitos como los cinco que han dimitido esta semana tras el cese del consejero de Educación en Madrid
Cuando arrancó la legislatura en 2023, corrió un bulo en el sector educativo madrileño: que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, había colocado frente a esa cartera al administrador civil del Estado Emilio Viciana ―lego en la materia y en política― porque salían a pasear muchas mañanas con sus perros. La presidenta sí que frecuentaba, en cambio, al dramaturgo Antonio Castillo Algarra, que había sugerido el nombre de Viciana para el puesto. A él es fácil verle por el barrio madrileño de Argüelles paseando a su mascota, Platón, y ella suele hablar de su perro Bolbo en las entrevistas. Algarra, exdueño de una academia de apoyo escolar, nunca aspiró a un puesto oficial con su amiga Isa.
Bastó una conversación telefónica de 42 segundos con Algarra para empezar a comprender que unos treintañeros, conocidos como los pocholos, sigan los dictados de su exprofesor, 15 años después de conocerle, como si fuese un mesías. Por devoción a él, aceptaron en 2023 las riendas de Educación. Contaban con 7.000 millones de euros de presupuesto para gastar y nula experiencia. Pero llevados por una ciega obediencia a él, según aseguran muchos entre la clase política y varios exalumnos, esta semana tres diputados y dos directores generales han dejado sus puestos entre lágrimas después de que la Comunidad se deshiciese de su jefe, el exconsejero Viciana.






