Dos tercios de la población de la Franja vive miserablemente en campos de desplazados y su desolación se acentúa en este mes sagrado musulmán en el que no tienen medios ni ánimo para celebrar

Tariq Ahmad se escapa cada tarde de la tienda de campaña en la que vive su familia antes de que sus seis hijos comiencen a preguntarle qué comerán para el iftar, la comida con la que los musulmanes rompen el ayuno del día al ponerse el sol durante el mes de Ramadán. Este padre solo regresa cuando sabe que las ollas comunitarias, organizadas por organizaciones humanitarias, han llegado a Al Mawasi, zona del sur de Gaza, donde se tuvo que desplazar hace meses para salvar la vida.

“Cuando estás en tu hogar, te sientes seguro y tienes ingresos, Ramadán es muy diferente que cuando lo vives en una tienda de campaña, con hambre y con miedo”, resume este guardia de seguridad escolar, sin trabajo desde hace más de dos años.

Para gran parte de las familias gazatíes, es el tercer Ramadán que pasan desplazadas en una tienda de campaña o viviendo entre las ruinas de sus casas. Pese al alto el fuego en vigor desde octubre, el miedo sigue muy presente, alimentado por los bombardeos puntuales, la presencia militar israelí en la Franja y la devastación que invade todo. En Gaza, este mes sagrado de ayuno y oración era el momento de decorar las calles con luces, escuchar las llamadas a la oración en las calles, las tiendas o las escuelas y compartir comidas familiares antes del amanecer y al anochecer. En 2026 y por tercer año consecutivo, vuelve a ser sinónimo de ayuno y de poco más.