En el Día Internacional de una figura a veces subestimada y otras tantas obligada a trabajar en precario, miembros del colectivo reivindican que su labor de interpretación y acompañamiento ayuda a vivir el territorio

Hace unos meses, un joven napolitano llegó a Buenos Aires y contactó con Malvina Gómez, administradora del Foro Nacional de Guías de Turismo de Argentina. Quería que le diseñara un tour siguiendo los pasos de su ídolo, Diego Armando Maradona. Gómez lo llevó a un mural del futbolista que no es ni el más grande ni el más espectacular de los que llenan la capital argentina. Pero a ella le gusta, y pensó que a su cliente le podría interesar. Terminaron contemplando —el napolitano con lágrimas en los ojos— la obra pintada en 2021 por el muralista Alfredo Segatori, El Pelado, a pocas cuadras del estadio La Bombonera: una representación del fallecido astro del fútbol como una suerte de patrono del barrio, con aureola de santo, sonrisa pícara, un medallón con el escudo del Boca Junior y un cetro de rey rematado con un balón.

“Un buen guía de turismo marca la diferencia y puede hacer del viaje una experiencia inolvidable”, declara Patricia Loro, radicada en Cantabria y presidenta de la Confederación de Guías Oficiales de Turismo de España (Cefapit). Es un intérprete de su territorio. Acreditarse como guía en España requiere superar unas pruebas, que varían de una comunidad autónoma a otra pero tienen en común la exigencia de una titulación superior relacionada (universitaria o de Formación Profesional), y demostrar dominio de un idioma extranjero (se suele pedir el B2 o el C1). En la mayoría de países latinoamericanos existe una titulación universitaria en Guía de Turismo, específica para ejercer.