En un momento en el que ha crecido la aceptación de la violencia extrema, puede que necesitemos libros que no reconforten sino que pongan en tela de juicio nuestras certidumbres

Puede que no haya hoy más actos crueles que pocas décadas atrás, pero sí ha crecido la aceptación de la violencia extrema, del maltrato y la tortura del “otro”. Si antes se ocultaban muchos actos contrarios a los derechos humanos, hoy se alardea de ellos. Un presidente presume de asesinar sin juicio a supuestos narcotraficantes y numerosos ciudadanos le aplauden; como también se aplaude y vota a quien promete encerrar a inmigrantes en campos de concentración, bombardea hospitales o defiende a soldados violadores. El auge de la ultraderecha genera ecos de los horrores del siglo XX y muestra una vez más cómo los discursos de aniquilación del prójimo pueden volverse hegemónicos.

Podría pensarse que en tiempos como estos la literatura tiene sobre todo una función reparadora: ofrecer consuelo a nuestros atribulados corazones. Sea bajo la forma de literatura de evasión, o construyendo historias de superación personal, o mediante relatos que nos confortan expresando emotivamente lo que ya creíamos antes de leer, la literatura puede tranquilizarnos, situándonos en el lado correcto de la humanidad y creando en sus páginas una solidaridad de la que andamos necesitados.