Nadie arrebataría la condición de víctima a los cinco jóvenes de llevar por nombre Jordi, Marc o Pere

El mensaje a medianoche no hacía presagiar nada bueno. “Hace una hora. Un ático galería, en Manlleu, cinco jóvenes con una cachimba que ha explotado. Muertos y heridos graves”. Antes, un whatsapp enviado de madrugada llegaba en el prime time vital y se leía al instante. Horas y horas perdidas alegremente delante de la pantalla, cual adolescente. Pero es sabido que la maternidad avejenta, con su cobertura gruesa y densa de vida doméstica. Por eso no es raro que a las siete de la mañana todavía no se haya mirado el teléfono móvil que descansa en la mesita desde las diez de la noche del día anterior. Cuando se hace, la noticia ya está en la web de EL PAÍS y en todos sitios: cinco jóvenes mueren en un incendio en Manlleu.

Así que al llegar a la ciudad -en la comarca de Osona, en el interior de Cataluña- ya no queda rastro de la tragedia en caliente. No hay vecinos nerviosos, fuera de sus pisos afectados por el humo, preocupados por cuándo volverán. Ni familiares directos de las víctimas, en estado de shock, intentando entender qué ha podido pasar. Tampoco se ven ambulancias, bomberos o policías arriba y abajo. Ni políticos. Tan solo una cinta de los Mossos d’Esquadra, que intenta contener un poco las ganas de acercarse al bloque de pisos a curiosear, y que, sobre todo, corta el paso a los vehículos mientras la policía científica acaba de recoger muestras e inspeccionar el lugar del incendio.