La mensualidad, los gastos comunes o el futuro financiero son temas que cuesta sacar en una relación cuando se empieza a vivir juntos, pero que es mucho mejor acordar cuanto antes para evitar problemas si la situación se tuerce
Sergio Roldán lleva varios meses haciendo números. Hace tres años, y con el apoyo de sus padres, se compró un piso de 81 metros cuadrados y tres habitaciones. En aquel momento, llevaba casi cuatro años saliendo con Lucía, que no podía hacer frente a un gasto como ese, pero decidieron elegir juntos la vivienda, cerca del trabajo de ella, y con habitaciones extra porque ambos deseaban ser padres. Y como la casa era propiedad exclusiva de Roldán, también acordaron que él se haría cargo de la hipoteca. “Cuando nos mudamos, yo ganaba más, así que me parecía lógico que todos los gastos de la casa, como el seguro, la comunidad o el IBI, corrieran de mi cuenta y que el resto de gastos fueran compartidos al 50%”, explica Roldán. El problema vino cuando le despidieron y él quiso reformular el acuerdo, pero su pareja se negó. “Es verdad que si nos separábamos, la casa sería solo mía, pero en ese momento estábamos juntos y yo necesitaba ayuda. Me pareció que estaba más preocupada de cubrirse por si la relación acababa que de intentar construir algo juntos”, se lamenta Roldán, y reconoce que aquello abrió una importante grieta en la relación, que acabó meses después.






